domingo, 24 de febrero de 2008

El día después

Me he despertado hoy, domingo, con una extraña sensación de irrealidad; miro el reloj: las 12 de la mañana, ¡vaya! No es demasiado tarde. ¿A qué hora me acosté anoche?, no tengo todavía las ideas muy claras, así que en pijama y en bata me levanto intentando mantener el equilibrio y llegar al baño para lavarme la cara.
Ahora empiezo a recordar: salí ayer por ahí de copas con M. y unos amigos. M. había venido a mi ciudad de pasada y aprovechamos para vernos, como siempre. Está claro que este tipo de relación “sin relación” no va a ningún lado, pero a mí me sirve, tampoco tengo ganas de atarme de nuevo a un tío.

Sin embargo parece que a M. no le acababa de convencer la situación, ya le notaba yo raro desde hace unas semanas, pero bueno, todo el mundo tiene sus neuras, así que tampoco hay que preocuparse tanto. Por eso no me lo esperaba, y me lo soltó así, de golpe, con la única anestesia de la copa que me estaba bebiendo en ese momento: “ no puedo seguir así, yo necesito algo más, y tú no estás dispuesta a dármelo”; lógicamente, esto hizo que me atragantara y que las burbujas del “ron-con-cocacola” se me subieran por la nariz. Al menos la tos me sirvió para disimular el primer acceso de llanto.

-“¿Cómo dices?” (coff-coff).
-“ Mira no quiero hacerte daño” (Mal empezamos, cuando dicen eso es porque la puñalada que viene a continuación va a ser mortal), “pero es que ya no siento lo mismo por ti que antes, y la situación en la que estamos no me ayuda”.

Pues sí, ya lo ha soltado: me está dejando, así sin más, a “mí”, ¿cómo se atreve?. Si espera que le suplique o llore va listo. La dignidad ante todo.

Así que muy tranquila le contesté que si esa era su decisión no me quedaba más remedio que aceptarla y que no se preocupara, que sí, que seguiríamos siendo amigos; aunque por dentro lo único que me apetecía era sacarle los ojos.

Aguanté una media hora, lo suficiente para aparentar que estaba perfectamente, me terminé mi copa y me fui disimuladamente al baño, ¿a qué?, pues a llorar, está claro. Después de un rápido desahogo y un retoque de maquillaje, salí con la fuerza necesaria para aguantar un par de horas más disimulando: no dejaré que nadie me vea llorar ni que sepan que me ha afectado más de lo esperado.

Una vez cumplido mi papel, pude por fin irme a casa a llorar a gusto. Y así me dormí, llorando como una madalena, qué bien sienta una llorera de estas.

Y de ahí viene la rara sensación con la que me he levantado hoy: me ha dejado. Ahora tengo que pasar todo este día asimilándolo ¿y qué mejor manera que tirarme todo el día en pijama, sin ducharme y sin peinarme, sintiendo pena por mí, con un pañuelo en la mano?. Pero no debo de estar tan mal, porque no he necesitado recurrir a “Aviones Plateados”, así que mañana me pondré guapa e iré al trabajo con energías renovadas. Hay un montón de tipos interesantes por ahí esperando por mí.