Una de las cosas que tengo claras en el tema de las relaciones personales es, que, o bien no me entero de cómo funciona eso del intercambio de señales, o bien las envío de forma equivocada.
Veamos:
Si una tarde, por casualidad, un conocido (que ni siquiera amigo) me llama para tomar un café porque está cerca de mi casa y yo acepto, no hay nada para leer entre líneas, simplemente somos dos personas que se juntan para charlar un rato.
Ahora bien, si el hecho de pasar por el barrio de casualidad se convierte en una costumbre cotidiana que me obliga a aumentar mi dosis de cafeína, la cosa empieza a ser “rara”, sobre todo si vives en la otra punta de la ciudad.
Si tras dos o tres cafés confirmo lo que siempre sospeché, que el conocido es muy buena persona y bla bla bla, pero que no tenemos nada en común, vamos, que me aburro y se empiezan a agotar todos mis posibles temas de conversación, la obligada cita semanal se convierte en un auténtico coñazo.
A pesar de todo, como una al fin de cuentas es muy sufrida y con un sentimiento de culpabilidad a prueba de bomba, decido seguir cumpliendo con mi penitencia, pero no dejo de preguntarme a santo de qué le ha dado a este tío por quedar tanto, cuando llevábamos bastante tiempo sin ningún tipo de contacto.
Pero todo tiene un límite y el aburrimiento ya me consume, así que mando el sentimiento de culpabilidad a la porra y comienzo con las excuasas: que si ya he quedado con mi amiga tal (aquí no estuve fina, tendría que haber quedado con un amigo, a lo mejor así pillaba mejor la indirecta, ja ja), que si tengo que estudiar, que si están mis tíos de visita... En fin, de todo un poco. Hasta evito contestar el teléfono.
Tras un mes de evasivas, el interfecto sigue insistiendo semanalmente. Y ya es aquí donde yo me pregunto acerca de qué clase de señales estoy mandando, ¿no es evidente que paso del tema?, ¿por qué tanta insistencia?.
¿Alguien sabe una excusa infalible pero que no sea cruel?.
sábado, 11 de julio de 2009
Señales.
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